Cuando Cervantes hizo sonar el rabel: Antonio, el zagal músico de Don Quijote

Cuando Cervantes hizo sonar el rabel: Antonio, el zagal músico de Don Quijote

Hace unos días estuve conversando con Miguel Cadavieco «El buen chaval» sobre el instrumento que le ha dado fama en Cantabria y más allá. Estuvimos hablando de su vida y obra. Entre las enseñanzas que me ofreció destacó un pasaje de El Quijote sobre el que quiero hacer una pequeña reflexión.

La conversación, grabada en video la ofreceré en breve el mi canal de Youtube ARCHIVO MORA y se emitirá tambien en RADIO ALTAMIRA 92.6 FM.

Hay instrumentos musicales que forman parte del paisaje sonoro de un pueblo. Tan antiguos, tan humildes y tan ligados a la vida cotidiana que apenas aparecen en los grandes relatos de la historia. Sin embargo, de vez en cuando, alguno de ellos asoma en una obra inmortal y nos recuerda que la música popular también forma parte del patrimonio cultural de una nación.

Eso ocurre con el rabel en Don Quijote de la Mancha.

En el capítulo XI de la Primera Parte, Miguel de Cervantes narra uno de los episodios más entrañables de la novela. Don Quijote y Sancho Panza son acogidos por unos cabreros que les ofrecen lo mejor que poseen: pan, queso, carne, bellotas, vino y hospitalidad. Es una cena sencilla, propia de la vida pastoril del siglo XVII, pero rebosante de dignidad.

Tras la comida, Don Quijote pronuncia su célebre discurso sobre la Edad Dorada, evocando un tiempo idealizado en el que los hombres vivían en armonía con la naturaleza. Cuando termina, los cabreros desean corresponder a sus invitados con otro de los grandes tesoros de la vida rural: la música.

Entonces uno de ellos dice unas palabras que han atravesado cuatro siglos de historia:

«Queremos que sepas, señor huésped, que aquí está un zagal que es muy entendido y muy enamorado, y que, sobre todo, sabe leer y escribir y es músico de un rabel, que no hay más que desear.»

En apenas una frase, Cervantes dibuja el retrato de un joven pastor llamado Antonio. No destaca por su riqueza ni por su linaje, sino por cuatro virtudes que los cabreros consideran extraordinarias: inteligencia, educación, sensibilidad amorosa y talento musical.

Llaman al muchacho.

Antonio acude con su rabel entre las manos y, acompañado por las cuerdas del instrumento, interpreta una canción dedicada a la pastora Olalla, la joven de la que está enamorado. Cervantes reproduce íntegramente aquella composición, convirtiéndola en uno de los testimonios literarios más antiguos de un rabel acompañando una canción popular dentro de la gran literatura española.

La escena posee una enorme fuerza simbólica.

No es un músico de corte.

No actúa en un palacio.

No interpreta para nobles.

Es un pastor que canta entre montañas, rodeado de cabras y amigos, exactamente igual que durante siglos harían miles de hombres y mujeres en las zonas rurales de España.

El rabel, mucho más que un instrumento

El rabel pertenece a la gran familia de los instrumentos de cuerda frotada y posee un origen medieval que algunos investigadores sitúan en influencias orientales llegadas a la Península Ibérica durante la Edad Media.

Su construcción siempre fue humilde: madera, unas pocas cuerdas y un arco. Sin embargo, esa sencillez nunca impidió que produjera un sonido profundamente expresivo, capaz de acompañar romances, canciones de ronda, bailes y celebraciones populares.

Durante siglos estuvo presente en numerosos territorios españoles.

Con el paso del tiempo desapareció de muchas regiones, sustituido por instrumentos más modernos.

Pero hubo un lugar donde logró sobrevivir.

Cantabria, tierra del rabel

Hoy resulta imposible hablar del rabel sin pensar en Cantabria.

Aquí ha permanecido vivo gracias al esfuerzo de generaciones de músicos que se negaron a dejar morir una tradición transmitida de padres a hijos. En ferias, romerías, fiestas populares y encuentros de folclore, el rabel sigue sonando con la misma naturalidad con la que probablemente sonó aquella noche descrita por Cervantes.

Asociaciones culturales, artesanos y rabelistas han contribuido durante décadas a conservar tanto la fabricación del instrumento como las técnicas interpretativas y el repertorio tradicional.

Gracias a ellos, un instrumento que en otros lugares quedó reducido a los libros de historia continúa formando parte de la identidad cultural de Cantabria.

Antonio sigue tocando cuatro siglos después

Existe una hermosa coincidencia que invita a la reflexión.

El joven pastor creado por Cervantes se llamaba Antonio.

Cuatrocientos años después, miles de lectores siguen encontrándose con aquel muchacho que aparece entre los montes llevando un rabel bajo el brazo para cantar al amor.

Quizá Cervantes no imaginó que ese pequeño episodio acabaría convirtiéndose en uno de los grandes homenajes literarios a la música popular española.

Tampoco pudo prever que, siglos más tarde, sería precisamente Cantabria una de las regiones encargadas de mantener vivo aquel mismo instrumento.

Cada vez que un rabelista interpreta una melodía tradicional en un pueblo cántabro, de algún modo vuelve a escucharse el eco de aquel Antonio que una noche, junto al fuego de unos cabreros, emocionó a Don Quijote y a Sancho Panza.

Porque la cultura popular nunca desaparece del todo.

Solo espera a que alguien vuelva a hacer sonar sus cuerdas y hoy Miguel Cadavieco recorre escenarios de todo el mundo con su rabel sin olvidar nunca a quien le inició en esta modalidad, el maestro Chema Puente.

Esten atentos a la entrevista y las enseñanzas de Cadavieco en este canal pues no tienen desperdicio y ayudará a los que quieren seguir su legado,

Antonio Mora |  Archivo Mora

Cadavieco y su rabel

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Author: Redacción

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Author: Carolina Olivares Rodriguez (Escritora)